Episodio diseñado como una pequeña pieza de cámara punteada por violentas escenas de acción. Sin embargo,
lo importante es lo que pasa en los interludios, planificados como tensas conversaciones aún más violentas que las peleas que las rodean, donde entrarán en juego las convicciones, la inevitabilidad de
"hacer lo necesario" en contra de los principios y, sobrevolando todo,
la perenne presencia mefistofélica de Wilson Fisk transmutado en esencia viva del caos y la podredumbre que cimentan la ciudad.
Un capítulo redondo, tan espectacular como imprevisible desde su inicio. El justiciero de negro es sorprendido por la policía justo después de la explosión del local de los rusos que interrumpió violentamente su pelea con Vladimir.
Ante la ley no tiene más remedio moral que rendirse sin oponer resistencia... hasta que descubre que se trata de policías corruptos a las órdenes de Fisk cuya misión es acabar con todos los supervivientes de las diferentes matanzas orquestadas entre el orondo capo y la aparentemente frágil pero peligrosa jefa de la mafia china. En ese momento se acaba la docilidad, y los policías descubren que tiene un hueso duro de roer delante... y más de un hueso roto.
Una salvaje fuga en la que llevará consigo a Vladimir. No tanto porque se preocupe por esa rata de cloaca, sino porque es quien puede encaminarlo hasta el gran jefe.
Encerrados en un edificio abandonado buscando pasar desapercibidos, se establecerá entre ambos un tira y afloja lleno de violencia y mutuo desprecio.
Un fascinante ejercicio de tensión que convertirá prácticamente dos únicos escenarios (el edificio abandonado y el coche de Fisk) en el eje de un capítulo vibrante, claustrofóbico e hipnótico a base de diálogos más que afinados y una atmósfera que destila puro cine negro. Sólo se permite leves escapadas para ahondar en la situación de caos absoluto que se adueña de la Cocina del Infierno. Ben Urich comienza a investigar el foco de los incendios, situación que acabará en el edificio abandonado sitiado por la policía tras atrapar Matt a un poli novato que ha intentado hacerse el héroe. Foggy acaba en el hospital con Karen cuidando de él;
el mismo hospital donde encontramos a Claire ayudando con la crisis provocada por la explosiva justicia de Fisk... a la par que ayuda a Matt para intentar salvar la vida de Vladimir por vía telefónica. Nunca está de más contar con consejo profesional para cauterizar una herida de bala... y una pequeña dosis de tortura.
La relación entre Matt y Vladimir avanza progresivamente, desde el odio más atroz hasta una ínfima pero suficiente comprensión mutua. Matt intenta por todos los medios que su rival le tema para arrancarle una pista sobre Fisk; Vladimir ve en su antagonista a un Quijote que lucha por un imposible y comprende que tras la necesidad de salvar su vida se esconde un propósito que va más allá de utilizarlo para llegar a su enemigo. Intuye que realmente no puede dejar que muera, aunque represente a todo cuanto odia.
La guinda de la función la pone el propio Fisk al contactar con su más reciente grano en el culo. Una conversación donde el gran capo se muestra casi como un semidios, alguien intocable que respeta al justiciero de negro por su compromiso.
Un juego de espejos deformantes donde ambos comparten una misión: salvar la ciudad. Aunque cada uno quiere hacerlo a su manera. Y quien tiene la sartén por el mango es Fisk, que manda todo lo que tiene para acabar con su enemigo. Sin embargo, no contará con que unos carácteres tan antagónicos como Matt y Vladimir se alíen para escapar con vida. Aunque el moribundo ruso se encargará de mostrar su respeto por el justiciero (a su vez la única arma que puede llegar a derrotar a Fisk y así hacer cumplir su venganza) cubriendo su huida al más puro estilo western. No sin antes dejarle claras dos cosas. La primera,
la mejor forma de acabar con el gran jefe es a través de su contable, como en el caso de Al Capone. ¿Y quién maneja las finanzas y trapos sucios de los bajos fondos? Leland Owlsley. ¿Veremos el germen del Buho por aquí? La segunda,
si de verdad quiere atrapar a Fisk sólo hay un camino. Sólo podrá acabar con su reinado si está dispuesto a enterrar todas sus convicciones morales y acabar con su vida. Una situación nada fácil. Mientras tanto, el maquiavélico Fisk ha utilizado su fuerza en la policía y los medios para
quemar la imagen pública del justiciero y venderlo como el responsable de toda la destrucción acontecida en la Cocina del Infierno. La cosa se pone muy negra para el incipiente justiciero, lo que augura grandes momentos para nosotros los humildes espectadores.
Por Antonio Santos