1947. Un Sherlock Holmes jubilado (Ian McKellen) lleva una vida tranquila cuidando de sus plantas y abejas. Tiene una mente brillante, pero su época dorada de investigador ya ha terminado y lleva tiempo sufriendo los estragos de la senilidad. Roger, el hijo de la señora que cuida la casa, tiene en Holmes a una figura paterna. Ambos reabren un caso que sigue sin resolver y sus pesquisas les llevarán a obtener respuestas a cuestiones referentes tanto al caso como a un antiguo amor del viejo Sherlock. Gracias a esta investigación, Roger aprenderá el arte de la deducción y Holmes descubrirá algo más importante: una lección de humanidad.
Sherlock Holmes, el detective más famoso del mundo y el personaje de ficción más veces adaptado a la gran (y pequeña) pantalla. Desde centenares de traslaciones clásicas hasta docenas de revisiones más alternativas ha protagonizado este veterano personaje, pasando por las manos de grandes de la industria audiovisual de la talla de Billy Wilder, Guy Ritchie o Hayao Mayazaki y siendo portado el icónico gorro de caza británico por actores del singular porte de Basil Rathbone, Christopher Plummer, Michael Caine, Peter Cushing o el revisionista Benedict Cumberbatch.
A tan ilustre lista se une la pareja formada por Bill Condon tras la cámara y un veterano de la talla de Sir Ian McKellen en la piel del genial detective. Un equipo que ya nos deslumbró en la exquisita "Dioses y monstruos" y que supone, por tanto, todo un aliciente a la hora de encarar el visionado de esta nueva revisión del personaje.
Esta adaptación de la novela
"A Slight Trick of the Mind" nos presenta a un Holmes muy alejado de su aura mítica, una triste sombra del sagaz investigador que un día fue y que a sus más de 90 años se consume abatido por los efectos de la senilidad y las cuentas pendientes con el pasado en un viejo caserón apartado del mundo. Pese a que sus facultades merman, su carácter insoportable no ha hecho más que consolidarse con los años, de forma que prácticamente su única relación con el mundo es la tirante convivencia con su frustrada ama de llaves y el pequeño hijo de ésta.
Sin embargo, en el cariño que el muchacho le demuestra, en su pasión por la apicultura y en la lucha contra la cada vez más evidente pérdida de memoria encontrará alicientes suficientes para encarar una última misión antes de morir: escribir su primer relato basado en sus vivencias, pero fiel a la realidad. Es decir, alejado del literario (y muchas veces fantasioso y exagerado) tratamiento que a sus casos imprimía su fiel amigo John Watson. Sin embargo, no será un relato basado en una investigación cualquiera, sino aquélla que le hizo jubilar para siempre sus artes detectivescas y retirarse a un segundo plano;
un caso cuyos detalles no recuerda su cansada memoria pero que hacen prever que resultara en su mayor fracaso si lo condenó a un destino tan triste.
De esta forma, encontramos un relato fragmentado en tres líneas temporales diferentes que poco a poco nos van permitiendo completar un puzzle que nos deja asomarnos a ese misterioso pasado del protagonista. Lo curioso es que el mismo Holmes va obteniendo la información de forma simultánea al espectador debido a sus problemas de memoria.
El encadenado argumental de tramas de distinta temporalidad es un recurso del que se abusa en exceso con propósitos poco menos que estéticos, aunque en este caso está muy bien utilizado y nos mete sin prisa pero sin pausa en los secretos ocultos que poco a poco se van desvelando y repercutiendo de forma evidente en la evolución del protagonista. Por una parte, la trama central está ambientada en el presente, en la monótona existencia de un Holmes en lucha constante contra la enfermedad que va haciendo mella en su bien más preciado: su increíble mente. En paralelo, asistimos a un pasado reciente en Japón en el que la búsqueda de un potenciador natural de la memoria será la excusa para mostrar la relación con un fan de las novelas de Watson que ejerce como su anfitrión pero que también guarda ocultas intenciones. Por último,
los recuerdos lentamente recuperados del último caso de Holmes nos permitirán vislumbrar al detective maduro, pagado de sí mismo y en plenitud de condiciones; una etapa en la que jugará un papel crucial una misteriosa mujer, con la constante incertidumbre sobre su papel como víctima o verdugo; y sobre todo el constante interrogante sobre el rol que ocupó en la retirada del detective por la puerta de atrás.
Así pues estamos ante una película en apariencia sencilla pero que encierra muchas lecturas tras su apariencia de historia sosegada.
Quien quiera quedarse en la capa más superficial disfrutará de una historia muy bien planificada e interpretada, que siempre mantiene el interés en las diferentes subtramas, sobre todo en esa evolución del protagonista en su búsqueda de la verdad y de la conservación de sus facultades. Pero hay más capas por debajo que a poco que escarbemos irán añadiendo profundidad a la propuesta. Por una parte, el peculiar y muy bien planteado viaje emocional de Holmes en busca de su propia humanidad, hasta constatar que la fuente de sus problemas está en el miedo a aceptar su propia falibilidad, y no hay mayor enemigo que la negativa a empatizar con los problemas y temores de quienes nos rodean y confían en nosotros. Un subtrama muy bien construida sobre la base del joven Roger, para quien se constituye en la figura paterna que necesita e idolatra.
Por otra parte, tenemos un ejemplar tratado metaficticio que enfrenta la realidad contra la ficción a varios niveles: el personaje de Conan Doyle confrontado a su contrapartida "realista" como ser humano, que a su vez se enfrenta a la figura ficticia en el que le ha convertido su amigo Watson con sus relatos. Particularmente irónico y divertido resulta disfrutar de la visión del Holmes
"real" de sus contrapartidas en la ficción; su negativa a leer los relatos de Watson por su falta de fidelidad hacia unas investigaciones mucho menos glamurosas cargadas de imaginación y fantasía; o la divertida escena en la que asiste a una película basada en su propia persona que encuentra risible. Como curiosidad, el detective de esta
"película dentro de la película" está interpretado por Nicholas Rowe, nada menos que el joven Holmes de
"El secreto de la pirámide". Todo un homenaje al personaje en todas sus formas.
Además, la historia está llena de referencias y homenajes a las aventuras literarias del personaje y de detalles como la importancia de las abejas a lo largo del relato o el hecho de que para escribir su primera "historia de ficción" Holmes utilice el escritorio de su fiel Watson. Y es que finalmente ha sabido apreciar la sabiduría de su amigo al comprender que muchas veces una buena historia, aunque magnificada en sus detalles, es lo que necesita la gente para ser algo más feliz.
Por supuesto, toda la acción se sustenta en una interpretación prodigiosa de Ian McKellen. Más que creíble como egocéntrico mito y como anciano enfrentado a su propia humanidad, su interpretación destila naturalidad y amor por el personaje, siendo toda una maravilla. Nada sorprendente dada la calidad de este grandísimo actor, que siempre da lo mejor de sí mismo y dota a sus personajes de una autenticidad fuera de lo común tanto en grandes producciones como en pequeñas miniaturas costumbristas como esta. Aunque los trailers puedan arrojar un cierto aroma a telefilm de la BBC nada más lejos de la realidad.
La buena mano de Condon se nota en cada secuencia y, sobre todo, a la hora de estructurar la trama para trascender de su esencia de pequeña pieza de cámara construyendo una película elegante y llena de sensibilidad y amor por sus personajes; seres humanos en busca de algo tan difícil de conseguir como la paz interior, el equilibrio vital y, sobre todo, la sabiduría de reconocer las propias debilidades y poder perdonarse a uno mismo. Muy recomendable y más que disfrutable. Todo un lujo poder bucear en la esencia de un Holmes vulnerable y poco explorado. ★★★
★★1/2