UNO
Érase una vez un abogado de moral laxa y métodos 100% efectivos, dotado con el don de la elocuencia, tan locuaz como taimado, con más salidas que una autovía y un carisma a prueba de bombas. Vendedor de humo, desfacedor de entuertos de legalidad más que dudosa, tahúr mediático, lenguaraz y arrollador, su palabrería era una bala que siempre daba en el blanco. Saul Goodman era su nombre. Pero no siempre fue así. Esta es la historia de cómo se forjó un mito; de cómo un leguleyo de pleitos pobres ahogado en las deudas y el fracaso vital llegó a convertirse en el tramposo más indomable al norte del Río Grande.
¿Qué amante de la buena televisión no ha oído hablar del gran Saul Goodman, ese robaplanos que era capaz de restarle protagonismo a un personaje tan brutal como Walter White? A estas alturas es baldío loar la indudable calidad de Breaking Bad, una de las mejores series que ha dado la televisión en este siglo. De esa forma, la noticia de un spin-off centrado en el gran personaje del abogado tramposo causó conmoción entre los seguidores huérfanos de la emoción producida por cada capítulo de la serie. ¿Cumplirá las expectativas? Tras ver este primer capítulo podemos afirmar que la experiencia es más que satisfactoria.

Arranca la serie con uno de esos prólogos a los que nos tenía acostumbrados Breaking Bad, poniéndonos los dientes largos ante una premisa de lo más atractiva para, de pronto llevarnos varios años más atrás. De esta forma, contemplamos a un Saul muy cambiado en todos los aspectos, tanto física como emocionalmente, trabajando como dependiente de una anónima cafetería de centro comercial en la fría Nebraska e intentando por todos los medios pasar desapercibido, temeroso de cualquiera con aspecto sospechoso. Una vida tan gris como el blanco y negro en el que está narrada, sin más diálogo que el de una televisión como única compañía en las noches solitarias. Una rutina tan sólo quebrada por los melancólicos vistazos al pasado, a los retazos del glorioso triunfador que una vez fue antes de que se cruzara en su camino un tal Heisenberg. La atractiva cabecera nos traslada entonces unos años atrás, antes de la linea temporal de Breaking Bad, para mostrarnos que el protagonista no se llama Saul sino James McGill, y está muy lejos de su época de esplendor. Sin un duro en el bolsillo, forzado a defender de oficio a los mayores perdedores de la ciudad para intentar sacar un chavo, con un coche destartalado y un penoso despacho en el cuarto de las escobas de una peluquería oriental, se trata más bien de un looser que se gana la vida como puede a base de marrullas y palabrería.
Poco a poco vamos descubriendo más cosas del protagonista, como que pese a su poco holgada economía y una montaña de facturas impagadas se niega a aceptar el dinero del gran bufete Howard, Hamlin y McGill; una firma para la que no es sino una mosca cojonera que trata de sacarles la pasta pero no para beneficio propio sino de su hermano Chuck, el McGill del membrete, al que se le ha ido la cabeza y vive recluido en su casa temeroso de cualquier artefacto electromagnético. Y sin embargo, preocupado aún por sus clientes y trabajadores del bufete para disgusto de James, que ve cómo sus socios le están haciendo la cama en su ausencia forzada. No sólo eso, sino que además intentan torpedear por todos los medios su actividad legal como James McGill porque no quieren que nadie pueda relacionarlo con su firma. ¿Posible germen del cambio de nombre? Las reacciones de cabreo del protagonista son antológicas, y nos remitirán al indudable estilo de Breaking Bad. Al igual que la presencia como controlador del aparcamiento del juzgado de un personaje tan agradecido como Mike Ehrmantraut que seguro que nos dará muchas alegrías en el futuro. Se nota la (buena) mano de Vince Gilligan en esta serie.

Pero no sólo los cameos nos recuerdan a la serie madre, sino también el muy atractivo tono de la narración, con esa pátina de humor entre absurdo y negro que jalona todo el episodio. Como esos potenciales clientes que al final acabarán dejándolo en la cuneta y acudiendo a los peces gordos para su defensa. O los skaters que se sacan unos dólares simulando accidentes y que encontrarán en James a la horma de su zapato. Pero como la serie no da puntada sin hilo, lejos de ser anecdóticas ambas situaciones se unirán para conducir a un final antológico. La venganza planeada por James por el menosprecio de su clienta con ayuda de los pícaros skaters saldrá todo lo mal que cabría suponer por mor de una confusión al elegir el coche al que buscarle las cosquillas. Aunque lo inesperado surge cuando esta confusión desemboca en el cañón de una pistola apuntando a la frente del protagonista. Sobre todo cuando quien empuña el arma tiene las conocidas facciones de Tuco Salamanca.
En definitiva, un gran arranque que ofrece los suficientes alicientes como para esperar el siguiente capítulo con avidez, sobre todo esos guiones siempre sorprendentes y un Bob Odenkirk que se come la pantalla en cada plano. Aunque no es necesario haber visto Breaking Bad para seguir esta serie, los fans de la serie madre la disfrutarán mucho más al ir topándose con las conexiones entre ambas. Las sorpresas y la diversión, visto lo visto, están garantizadas.
Cinéfago por puro placer y juntaletras ocasional. Defensor de las causas perdidas seriéfilas. Hincado de hinojos ante Hitchcock y Tarantino, entre otros muchos. Amante de la ciencia ficción, la aventura, Rick Remender, Jonathan Hickman, el helado de chocolate, Jessica Chastain y Eva Green (no necesariamente por ese orden).